miércoles 4 de noviembre de 2009


Las vueltas de la vida

¡Si no son iguales los ires ni los volveres, ni los amores ni los rencores, ni tan siquiera, tu mirada en la mía….

¿Una forma de vivir, una única causa, una tarea, un lugar…?

¿ ser igual a uno mismo?

Las vueltas que da la vida….

Si no son iguales ocasos ni amaneceres, ni los fríos del invierno o los calores del estío, ni aletean el oído todas las palabras de amor….

¡Qué de vueltas da la vida!

Si no saben igual todos los besos robados, ni todos los sueños se cumplen y volvemos a jugarnos la vida por no dejar de soñar

Si tenemos que vivir cómo podamos…demos vueltas a la vida…

Fita

lunes 2 de noviembre de 2009


domingo 25 de octubre de 2009

ama, ama y ensancha el alma

Ama, ama y ensancha el alma.
Quisiera que mi voz fuera tan fuerte
que a veces retumbaran las montañas
y escuchárais las mentes social-adormecidas
las palabras de amor de mi garganta.

Abrid los brazos, la mente y repartíos
que sólo os enseñaron el odio y la avaricia
y yo quiero que todos como hermanos
repartamos amores, lágrimas y sonrisas.

De pequeño me impusieron las costumbres
me educaron para hombre adinerado
pero ahora prefiero ser un indio
que un importante abogado.

Hay que dejar el camino social alquitranado
porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas
hay que volar libre al sol y al viento
repartiendo el amor que tengas dentro.

Eva.


sábado 24 de octubre de 2009

Canto a un amor desangelado

Cuando el llanto quema y la culpa mata,

miles de palomas resquebrajadas

marchitan la pena sembrada en el alma partida.

Un roce de aire transparente

derrite una lágrima resbalada,

torturada por cien agujas silenciosas,

que se acercan de puntillas,

clavando su hiel candente

en el oscuro corazón trémulo y agonizante.

Agua dolorida,

viento moribundo,

el grito de una nube

que huye en el vacío de la madrugada....

Y una oración malherida

escapada del desierto de tu mirada cambiante.


El amor poseído siempre sucumbe en las nieves del invierno en la alborada.



UNA SONRISA PINTADA


-Ay! La Gioconda, su sonrisa, que quieres que te diga, a mí no me gusta.
Yo estaba, como hago a veces, sentado en la terraza de un café, haciendo como el que lee un periódico, de segunda mano, sí, cogido de cualquier sitio: de un contenedor, del autobús, de una mesa de cualquier bar. Me gusta sentir la vida de esta manera, oyendo lo que la gente viva se cuentan entre ella. No me tienen en cuenta. Hoy nadie tiene en cuenta a nadie.

Esa mañana el sol era generoso y apetecía estar al amparo de una sombrilla para no atiborrarse de tanta generosidad. Las mujeres charlaban sin prisas deleitándose a cada frase. Eran hermosas, las dos. Estaban en una mesa al lado de la mía. La que afirmaba no gustarle aquella sonrisa inmortal tenía unos ojos preciosos, de un azul que confundían, cegadores como el mismo sol. La que escuchaba sin compartir lo que oía era rubia como una mañana de verano.
- Pues chica, no sé por qué dices eso. Todo el mundo coincide en que es la sonrisa mejor pintada jamás- la mujer decía esto untándole mantequilla a una tostada. A su espalda El Louvre destellaba y una barcaza, como un gran animal herido dejaba escapar un bocinazo de tristeza.
- Es que es precisamente por eso, por que es pintada- recuerdo perfectamente lo que decía por que lo anoté. Dejo el periódico en la mesa, saco mi libretita y escribo lo que oigo, es mi modus operandis a mi edad no suelo recordar bien, aunque aquella conversación sería inolvidable para mí.
- No te entiendo- decía la mujer más cerca de mi oído, la rubia. Miraba el reloj, como un acto reflejo, por que luego se recostaba en el respaldar del sillón de enea y parecía importarle poco que las manecillas siguieran o no su monótono camino.- No sé qué quieres decir, ¿acaso no es de lo más complicado darle forma y personalidad a una pintura?, en el caso de La Gioconda, parece que vayas en contra de todo el mundo con tu apreciación, que por otra parte sigo sin entender.

Volvió a quejarse la barcaza que como un gusano gigante
Parecía reptar através del Sena y cuando acabó con su sonoro lamento, la mujer más alejada de mí, después de cruzarse circunstancialmente con mi mirada, tomó la palabra y prosiguió con la charla.
- Verás, esa sonrisa está puesta ahí por el pintor,- decía sin tratar de imponer su criterio, con una voz suave.- es forzada, es artificial, consigue muchos efectos, no lo pongo en duda, pero el único que creo que no acierta a conseguir es la alegría. ¿No lo has notado?, La Gioconda no está alegre. Sonríe artificialmente.

Yo compartía el criterio de la mujer de los ojos azules, la que acababa de hablar, pero estaba deseoso de oír la respuesta de la rubia. No se hizo esperar. Se limpió con la mayor discreción un poco de mantequilla de la comisura de sus finos labios y después de darle un sorbito al café, que ya lo quise para mí, rompió el breve silencio.

- Tú estas hablando de algo más que pintura, estás hablando de la vida misma, de sentimientos, y de eso reconozco que no estoy a tu altura. Pero,¿ no me digas que no te gusta La Gioconda?, te he visto ahí dentro otras veces hipnotizada delante del cuadro.
- Verás, Josefine,- llamó por su nombre a su amiga quizás para darle más intimidad e importancia a su consideración- cuando entremos al museo volveremos a ver que La Gioconda es sin duda una de los grandes cuadros de la historia pero yo jamás tendría la sonrisa pintada. La alegría ha de ser natural, una no debe sonreír para alegrar a nadie sino porque se está alegre por dentro. La cara es el espejo del alma, es lo que se dice, ¿no?, pues para mí, La Gioconda no tiene alma, ni nunca la tendrá por más que se empeñen los entendidos en arte. La falsedad apesta.
- Ahí llevas razón. Te aseguro que nunca pintaré una sonrisa en ninguno de mis cuadros.
- ¿Harás que sonrían las flores?, te será más difícil que hacer que lo hagan las personas.
- Qué chistosa eres, me refiero para más adelante. Ya he cambiado la sintonía. He empezado un cuadro, sin flores. Ya te lo enseñaré.
- Oh! Me alegro mucho que hayas dado el paso que tanto ansiabas.
- Sí, pintar al ser humano es muy complicado y sus interioridades todavía más, me lo acabas de demostrar. A partir de hoy será mi objetivo.- con esto la rubia dio por terminado su desayuno y como vio que su amiga también, llamó al camarero.- por favor díganos cuanto le debemos…- se levantaron las dos y al partir me dirigieron a la vez una sonrisa de lo más fresca y bonita. Yo solté el periódico de una mano, me besé los dedos de la otra y dejé que un beso escapara para que la leve brisa del Sena se lo llevara a ellas. Y se fueron.

Esta charla supuso mucho para mí, después de utilizar a las dos como fuente de inspiración para mis escritos, aquella mañana aprendí, a mi edad, a no ser hipócrita, a no mostrar una sonrisa como el que saca un billete para pagar, como por ejemplo aquellos desayunos , que gustosamente pagué, a no mostrar una cara que no tengo.
Muchas personas llevan la sonrisa pintada, como La Gioconda. Aquella mujer de la mirada azul llevaba la sonrisa en el alma, sin que ella supiera que a veces se le abriera y desde su interior una sonrisa auténtica se le pintara en la cara.
Un Saludo. moy.

jueves 22 de octubre de 2009

La okupa tejedora




Esta noche, viene a su memoria aquel martes 13 de octubre de hacía 19 años, en que se vieron por primera vez. Fue al coger una de las almendras que estaba dentro de la bolsa que traía desde la sierra, en la que había pasado el último fin de semana, cuando notó como un velo de sombra se movía entre verdesmieles y tostados. Buscó sus gafas. Continuó desgranando los abrigos de terciopelo que arropaban a los frutos de madera revestidos, y que lentamente habían crecido dentro de ellos hasta acabar rasgándolos de un polo a otro.

Otra vez ese velo de misterio pasaba delante de sus miopes niñas. Enfocó la vista y una araña, -no sabría decir si pequeña, grande o mediana, ya que desconocía el mundo de los arácnidos- estaba recorriendo las colinas aterciopeladas de verdesmieles. Se paró. Marta sintió que la estaba observando –eso mismo estoy haciendo yo- pensó. En una fracción de ese segundo supo que podían comunicarse.

Y continuaron mirándose y observándose. Con su mente le transmitió el siguiente mensaje: “yo no quiero cogerte, amiga, solo quiero las almendras. Siento haberte traído lejos de tu morada, lo siento. Pero fuera de la casa hay árboles y flores que te están esperando. Puedes salir del transportín que te ha servido de maleta e ir a su encuentro. Se libre. Pero si decides quedarte en este invernadero blanco no me vayas a causar daño cuando meta la mano en busca de los frutos. Si me respetas yo te respetaré también”.

Las almendras se acabaron a las pocas semanas y ella no se atrevió a tirar la bolsa de plástico blanco por si Sesé, como había bautizado a la araña, seguía en su interior. Así que la colocó en una de las esquinas de la cocina, la más cercana a la puerta que daba al jardín… y se olvidó de ella… y pasó el tiempo… y pasó.

Un día, ya lejano, le llamó la atención la bolsa, parecía que había crecido, ¡cosa imposible!. Se acercó. Sí, la bolsa parecía más grande. Ahora estaba recubierta de una algodonosa red y malla a la vez, de una blancura nívea, que hacía que le dolieran los ojos al contemplarla.

¡¡ Entonces Sesé seguía allí !! había decidido compartir el espacio interior de la casa con ella. Se sentó para comprobar que era ella, que no se trataba de ningún pariente. No habían pasado muchos recuerdos cuando Sesé apareció por la parte superior del borde de su malla, justo donde éste formaba un hermoso pliegue. Avanzó lentamente por el suelo sedoso y pegajoso de aquella enorme cama elástica hasta situarse cerca de su meridiano y la miró. Sí, sí, se miraron una segunda vez.

En cuanto al tamaño de Sesé a estas alturas poco importaba si era mediano, grande o pequeño, Si la tuviera que comparar con algo diría que era como una coñeta mediana. Ciertamente tenía ya un tamaño considerable, nunca había visto una araña tan grande. Siguieron mirándose. Nuevamente se podían comunicar y le recordó: “Se libre. Siento haberte traído lejos de tu morada, lo lamento. Fuera de estas paredes hay flores y árboles… y pájaros y mariposas. Si decides continuar en esta esquina no me vayas a hacer daño. Sigue respetándome y yo haré lo mismo contigo”.

Para cuando pasaron 30 años más, Sesé se había instalado cómodamente en la mitad de la cocina. Cuando a veces coincidían en sus quehaceres diarios se miraban largamente. Ahora Marta se preguntaba si Sesé la respetaría como lo venía haciendo desde hacía 49 años. Tenía que confiar en ella, dudar, aunque fuera por un segundo, sería como dejar de respetarla. Pero a medida que pasaban los días, no dudar le resultaba más difícil ya que la blanca alfombra de seda cada día tapizaba más partes de la cocina. La tejedora iba adquiriendo más tamaño, más fuerza, más brillo y ella contaba con mucha menos energía. Intuía que ya estaba presa en su telaraña.



Berta

miércoles 21 de octubre de 2009

VIAJE A LA MONTAÑA PALENTINA ( I ) . Naturaleza

El río Arlanzón nos acompaña durante un trecho en la partida, con quietud indolente por este otoño cicatero en lluvias. Al cruzarlo, da el relevo de nuestra despedida, a las majestuosas agujas afiligranadas de la catedral. Mientras la ciudad del Cid va languideciendo a la vista.

Los páramos burgaleses, se abren a nuestro paso, formando un mosaico de colores ocres, que desconoce el verdeo y donde escasea el gorjeo de los pájaros. Esta tierra humilde, que no menesterosa, me evoca los versos del poema de Antonio Machado “Por tierras de España”.

<< Veréis llanuras y páramos de ascetas
- no fue por estos campos el bíblico jardín - :
son tierras para el águila, un trozo del planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín. >>


Siguiendo nuestra ruta, un aroma dulce nos va envolviendo, para avisarnos, por si no lo sabíamos, que estamos en Aguilar de Campoo. Lugar en el que el descorazonado chalaneo de las multinacionales, alicortó hace años su bien hacer galletero, pero donde a pesar de todo, muchas familias siguen ganándose el sustento, fabricando este preciado alimento.

Al salir de la villa, considerada puerta de la Montaña Palentina, con dirección a Cervera de Pisuerga, comenzamos a contemplar un paisaje de transición entre la Tierra de Campo y Cantabria; la topografía comienza a aburrirse de su planicie y al tiempo, aparecen densas manchas arbóreas.

El recién nacido río Pisuerga nos acompaña en el camino, hasta que a nuestro pesar le dejamos solo en su cantarina correría, para dirigirnos hacia San Martín de Perapertú donde hemos decidido hacer parada y fonda.

La pequeñísima aldea, perdida del mundo, donde ni las ondas telefónicas la logran encontrar, donde habitan algo más de una docena de vecinos, dos parejas de jóvenes licenciados, ejercen en esta pedanía, el viejo quehacer de posaderos con suficiencia y simpatía, lejos de los lugares que le vieron nacer y estudiar. ¡Cuanta sana envidia, deben causar a los urbanitas que ahogados por la loca carrera hacia ninguna parte, recalan por unos días en su casa, para sentirse libres!

La naturaleza se desparrama de forma voluptuosa por estos parajes y muchas son las veredas que nos ayudan a descubrir sus recónditos tesoros.

Una mañana, después de pasar por tierras de labor con surcos recién abiertos, ávidos de simientes, se nos aparece un profundo tajo verde, bordeado por altas cumbres de piedras blanquecinas que parecen disfrazadas de invierno. El camino comienza a estrecharse y su piso de rocas calizas, es escoltado por una densa vegetación de encinas, robles, brezos y algún que otro valioso acebo. Al final de esta garganta, la espesura de un hayedo trepa abrigando la ladera de la montaña; el sendero con terquedad, tira hacia arriba, guiándonos hasta el borde más alto de la fronda. Un esfuerzo más en la subida, y aparece ante nuestra vista la singularidad que venimos buscando: la Tejeda de Tosande. Lugar donde el árbol sagrado de los celtas, el tejo, ajeno a su costumbre de vivir en solitario, se hace gregario formando un bosquete de impresionantes ejemplares, alguno de ellos con mas de mil años de existencia. El otoño para aumentar aun más la belleza de estos fósiles vivientes, ha comenzado a salpicarlos con las perlas rojas de sus frutos. Sentarnos en el cercano mirador y contemplar los valles que nos rodean, fue el digno colofón a una inolvidable jornada de senderismo.

La luna colmada de luz, cómplice de cortejadores, se oculta por momentos tras las nubes, con la intención de dificultar el acceso de fisgones al lugar del cortejo.

Junto a otros entusiastas andariegos, pertrechados con los instrumentos que nos permitan acercar el espectáculo, caminamos montaña arriba, envueltos por los recios bramidos lujuriosos de los ciervos, en una bonancible madrugada de berrea.
Apostados en el borde de la ladera, nos sorprende el alborear, descubriéndonos la quebrada línea del horizonte, con matices anaranjados que de manera súbita se convierten en rojo intenso.
Nuestras miradas, guiadas por el amoroso canto de los cérvidos, comienzan a otear el tupido brezal: lugar más factible para ver a los animales, según nuestros expertos hospederos.
Los más avezados de los ojeadores, comienzan a vislumbrar el cortejo nupcial. Cuando el sol baña la foresta, los novicios, entre los cuales me encuentro, somos partícipes también del maravilloso acontecimiento.
Como cada noche, el sonido de la berrea se cuela tronante por las ventanas de la casa y hoy sí, me puedo imaginar las andanzas de sus atareados protagonistas.
En estos mágicos momentos, recuerdo que antes de la partida, nuestra amiga María José Soriano (Fita) nos deleitó, con el poema de su última hornada, que titulaba: “Lujuria Otoñal”, dedicado a este ritual apareamiento. A la vuelta, su obligada relectura, me confirma su maestría de escribidora.

<< Lujuria bravía, ostentosa
de orgasmos asilvestrados
que reclama
cubrir los úteros
virginales de hembras impacientes.
Espasmos fértil,
que brama libido
de sexo lubricado en estiaje
sin tálamo nupcial
a empujes de cornamentas
berreando,
a destiempo primaveral>>

El disfrute de estas dos vistas, entre otras muchas, del inmenso caleidoscopio natural que es la Montaña Palentina, se lo debo al amable señor que en el parque nacional de Pagoeta (Guipúzcoa), se deshizo en elogios hacía este privilegiado lugar, animándome a descubrirlo.
Juan

sábado 17 de octubre de 2009

Ayer y Gracias


Gracias por mostrarme el sendero y las sombras de otros muchos "AMORES",
gracias por desnudaros tiernamente en la voz nacida de vuestras palabras,
gracias por compartir la tinta bermellón de vuestra esencia con todos nosotros.
Desde el corazón, mil gracias compañeras y compañeros.

Berta


Ayer fue 16 de octubre
Ayer fue el 216º aniversario de la ejecución de María Antonieta
Ayer parecíamos imberbes camino de la guillotina
Ayer en Chiclana superamos nuestros miedos y amasamos un nuevo milagro
Ayer en Cádiz presentó Nieves Vázquez su "El cielo asusta"
Ayer, de nuevo, llegó la comunión de la palabra

Ayer fue el 7º aniversario de la reinauguración de la destruida biblioteca de Alejandría

Alinando

 
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